sábado, 27 de junio de 2009

Pija Pija Pija


Cuando hablamos de masculinidad se me viene a la mente la imagen de un fortachón carilindo afeitado al ras, cara de malito y un frasco de perfume recién salido al mercado, sostenido en las alturas y adornado por alguna marca rutilante que intenta impulsarnos a la compra, mediante lugares comunes de la publicidad. Sí, se me vienen a la mente lugares comunes; un padre de familia rudo con escopeta en mano y sombrero llevando la cena recién cazada. Me acerco más a lo que me rodea: Conversación entre varones sobre mujeres, estupefactos por algún escote fugaz y generoso, o culo monumental, o cualquier cosa que tenga forma femenina o se le intuya una cavidad vaginal. Qué me cogí, qué me quiero coger, y claro, “son todas putas” Fútbol, jugadores, equipos, tablas de posiciones, puteada al arbitro, puteada al técnico. Autos, marcas, velocidades, carreras, etc., etc., etc. Y claro, pija, pija y más pija. Todas con nombre y personalidades autónomas y tiránicas.
Esos lugares comunes me criaron, me condicionan, flotan en un mar de sensibilidad sin forma, buscando cuajar. No sé cuánto de eso es en verdad la masculinidad, pero lamentablemente lo adjunto de inmediato a esa palabra, por mera obra del hábito, de la vista, de la evidencia de la experiencia.
No comparto esos lugares comunes, no vibro en ellos, luego los descarto desde el intelecto. Pero no soy hipócrita, también miro escotes y culos (ja) Pero no se trata de formas, no me acurruco en los lugares comunes como el niño en el vientre. No me siento asfixiado al correrme algunos milímetros del sendero de lo establecido, esa convención cruzada por intereses de Estado y necesidades de Mercado. Creo que me desvinculo de los lugares comunes de la masculinidad (al menos de los más toscos y visibles, nadie está completamente libre del condicionamiento de su entorno y su crianza) primero desde la sensibilidad y luego desde lo intelectual. Primero, hace ya mucho tiempo, no me sentí a gusto en esos lugares comunes, no fui feliz ahí, no me interesaron, y finalmente encontré razones intelectuales que justificaron/apuntalaron mi disidencia. Después, mucho mejor, encontré seres humanos con la misma sensibilidad, e incluso algunos que hicieron de eso su causa de lucha política. Simple: no encajar en el pequeño molde publicitario impuesto como único y ahistórico.
El precio de la cordura es la sumisión le decían a Winston Smith en la sala de torturas. Muchos ni piensan eso, simplemente son reproductores de un modelo de hombre-mujer-ser humano-sociedad sin darse cuenta, sin cuestionarlo, sufriendo o alegrándose a causa de estar o no dentro de dicho esquema.
El Estado/Mercado requiere de hombres de familias numerosas y consumidoras, ese humanoide que les llevó cientos de años perfeccionar.
Yo no siento la necesidad de tener hijos. Mis posibilidades de establecer un vínculo amoroso/sexual con otro derivan de lo que esa persona me provoque. No media intelecto ni política en la elección, aunque tal cosa suene a romanticismo de novela. Es verdad, uno jamás puede desvincularse de lo político/ideológico en una elección. Pero supongamos pensar al otro como un ser humano despojado de las categorías, ese sería el estado ideal. Una elección libre de acuerdo a la sensibilidad y gustos estéticos de cada uno.
En resumidas cuentas, protesto contra los lugares comunes de mi masculinidad, y si existe algo así como la masculinidad en mi o en el ser humano, es mi deseo atentar contra ella siempre que se interponga con mi sensibilidad y libre juicio o le provoque daño a otro.

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